QUARANTINOLOGY: Arqueología urbana para la nueva no-normalidad

QUARANTINOLOGY: Arqueología urbana para la nueva no-normalidad

«We can not go back to the way we did things before». Estas fueron las palabras que Tedros Adhanom, Director General de la OMS, pronunció entre sollozos el 9 de julio, después de que el COVID-19 se cobrara un nuevo récord de 230.000 contagios en un solo día. Agregó que asimilar esta realidad era la única manera de enfrentar a un enemigo común que para entonces ya contaba con más de trece millones de casos confirmados en todo el mundo. La premisa que subyace en estas declaraciones es que, al menos por el momento, el principal frente de batalla donde se libra la batalla contra el virus es en las formas de interacción social y espacial con las que afrontamos el día a día. En una época de absoluta incertidumbre, en la que cualquier especulación o previsión a futuro parece condenada a fracasar prematuramente, estas palabras conservan su vigencia incluso meses después de haber sido pronunciadas. De hecho, no podemos volver a la normalidad, no sólo porque el miedo a un parásito microscópico nos lo impida, sino porque si algo ha revelado esta trágica situación, es que nunca hubo una normalidad a la que poder regresar.

¿Cómo serán las ciudades tras los eventos del COVID-19? ¿Qué revelan las pruebas de estrés masivo que la cuarentena aplica sobre las dinámicas emergentes del urbanismo contemporáneo, desde la plataformización del espacio público hasta el nuevo comunalismo del precariado? El virus no sólo ha cambiado la percepción del espacio urbano —revelando que las lógicas que gobiernan las ciudades no son fijas sino contingentes— sino que también ha demostrado que la forma en que vivimos la ciudad es deudora de las narrativas sobre cómo se suponía que debíamos performarla. Estas «instrucciones de uso» incluyen rituales de relación, normas para la interacción espacial, y dicotomías como la de lo público y lo privado o la existencia de un adentro y un afuera, que se han visto desestabilizadas por el encierro, visibilizando que nunca fueron normatividades dadas de base, sino que eran constructos heredados que habíamos olvidado haber aprendido.

Enfermedades y pandemias han sido siempre motor de cambio de las lógicas sociales e infraestructurales de las ciudades desde hace siglos. Tras la peste rusa de 1771, Catalina la Grande remodeló y reconstruyó Moscú, estableciendo cementerios, canales de drenaje y terraplenes que pusieron a la ciudad más en línea con otras capitales del oeste como París o Londres. Sin embargo, la respuesta de la emperatriz no fue impulsada por la enfermedad que causó estragos entre sus súbditos, sino por los disturbios que la siguieron, ya que la epidemia amputó el cuerpo político e impuso una nueva realidad económica. En este sentido, más que un estado de excepción producido por eventos imprevisibles en los que el confinamiento temporal y la vigilancia son impuestos sobre la sociedad, quizás sea útil considerar la cuarentena como parte de un proceso cíclico cuyo legado arquitectónico queda codificado en el entorno construido.

La cuarentena es la manifestación espacial de la sospecha. A diferencia del confinamiento o el aislamiento que se aplica a los individuos de los que se conoce con certeza ser portadores del virus, la cuarentena es un estado liminal generado por la incapacidad de saber. Consiste en un conjunto de protocolos logísticos para gestionar el espacio, mediante la construcción de una serie de filtros performativos y/o físicos diseñados para establecer mecanismos de separación o contingencia entre diferentes agentes. Desde el distanciamiento social, hasta los sofisticados sistemas de seguimiento y vigilancia implementados en varios países asiáticos —que desde Occidente observamos con sospecha de ser capaces de implementar un nuevo régimen biopolítico— estos mecanismos de separación y contingencia acentúan las dinámicas urbanas preexistentes, intensificando y haciendo visibles los códigos por los que operan los metabolismos urbanos contemporáneos, abriendo un espacio de debate y reflexión donde la “normalidad” puede, y debe, ser repensada.

La pandemia prendió la mecha de una implosión de lo público en el espacio privado, reconfigurando el hábitat humano a una velocidad tal que equivaldría a que el motor de combustión o Internet se hubiesen materializado de la noche a la mañana. Más que nunca, la infraestructura de la ciudad compite por el espacio físico y mental dentro del hogar. Todo el aparato de la vida profesional —desde los descansos para el café, hasta las tormentas de ideas en «salas de descanso» virtuales— debe encontrar su lugar al igual que la guardería, el entretenimiento o el gimnasio. El diagnóstico y el tratamiento médico han salido del hospital para convertirse en una pestaña más del navegador. El acopio de papel higiénico en nuestros almacenes privados puede ser una señal de la fragilidad de las cadenas de suministro, pero también revela la incapacidad de las redes de distribución de la información para metabolizar la ansiedad en un momento de crisis.

Quarantinology, o cuarentinología, es una nueva disciplina especulativa para la era de las pandemias. Es un modo de arqueología urbana que utiliza la cuarentena como un sensor para detectar las lógicas existentes dentro del urbanismo contemporáneo y luego enfatizarlas para ver a dónde conducen. Se pregunta qué nuevas tipologías deberían surgir a medida que las esferas del trabajo y el ocio colisionan en el espacio doméstico, o cómo podríamos abordar las deficiencias de la sociabilidad virtual —desde el amor o el sexo, hasta los eventos culturales o los espacios de trabajo colectivo—. Aborda temas de vigilancia, propiedad inmobiliaria, diseño industrial o la ciudad como servicio, aceptando la contradicción y la excentricidad como condición intrínseca de su método.

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Quarantinology Group

Quarantinology Group es un colectivo multidisciplinar de investigadores que forman parte del programa The Terraforming, un «think-tank» del Strelka Institute de Moscú que explora las consecuencias ecológicas inminentes del Antropoceno para el urbanismo a escala planetaria. Durante la pandemia del COVID-19, la mitad de los miembros del grupo se vieron obligados a abandonar Moscú, consolidando una plataforma de investigación distribuida en cuatro países: España, Rusia, Alemania y Arabia Saudí.

Eduardo Castillo Vinuesa, Julia Gankevich, Liudmila Gridneva, Tigran Kostandyan y Philip Maughan

 

quarantinology.com