Jardines y pandemia

Jardines y pandemia

A visual catalog of Loisada. Dibujo de cumuloLimbo studio

El barrio de Loisada(1), situado al sudeste de Manhattan y de población tradicionalmente inmigrante, se encontraba durante la crisis financiera de Nueva York de los 70, abandonado por la administración y plagado de edificios derruidos. El alto grado de pobreza y criminalidad, llevaron a lxs residentes, okupas y activistas en su mayoría portorriqueñxs a reivindicar un barrio mejor. Querían “construir una nueva sociedad”(2). De forma generalmente ilegal pero organizada, reclamaron su derecho a la ciudad creando cooperativas de vivienda en edificios abandonados(3) y renaturalizando los ruinosos solares entre medianeras. Así, generaron una red infraestructural de espacios comunes para el cuidado y sostén de la vida, sorprendentemente numerosos y próximos entre sí(4).

En estas arquitecturas optimizadas y de la vida cotidiana, lxs vecinxs, fundamentalmente de origen portorriqueño, volcaron sus tradiciones y costumbres, lxs activistas sus ideales políticos, y lxs artistas e intelectuales su acervo creativo en pinturas, canciones y poemas, plasmados en los murales de Loisaida. Con sus cisnes de plástico, altares religiosos, cocinas comunitarias, bancos de arena y casitas(5), estas arquitecturas, menores y populares, importan valores culturales y de género(6) que salpican la red, otorgando, hoy, nuevos significados a la trama neoyorquina.

Las iniciativas vecinales abarcaban el suministro y producción de alimentos, pero también, la construcción de tecnologías autosuficientes de generación eléctrica como molinos de viento(7) o fachadas solares(8), los ingeniosos sistemas de riego y repoblación de abejas, o la construcción de estructuras geodésicas(9).

Las carencias históricas de lo público en el barrio de Loisaida, fueron suplidas por una estructura atomizada de espacios comunes y en red, un modelo urbano diferencial y afectivodisidente que aun hoy sigue produciendo sus propios espacios sociales y equipamientos(10). Este impulso constructor vecinal y el apego por sus espacios comunitarios permanece. Las acciones ciudadanas siguen construyendo barrio y consolidando un tejido social de afecto y disidencia que se identifica con sus espacios urbanos.

En los tiempos actuales, estos jardines que ocupan suelos ni totalmente privados, ni totalmente públicos(11), se han convertido en espacios de supervivencia y sostén de la vida cotidiana. Especialmente se ha visto ante la repentina supresión de las comodidades del establishment urbano derivada del COVID19 que ha llevado a las restricciones de acceso a supermercados, espacios de servicio o reunión, así como de circulación en los espacios públicos por antonomasia como son la calle, las plazas o los parques. Así, la restricción del uso de lo público pone de manifiesto la resiliencia de esta red de espacios “otros” alternativos, de cuidado y reproducción, que no son públicos, sino del común. Esta circunstancia hace aflorar con más fuerza los jardines comunitarios no sólo como espacios de desahogo donde ejercer actividades vitales y de desarrollo social, sino también de extensión de la casa y del espacio personal. Los pequeños pisos de Loisaida se prolongan en estos espacios comunes.

Catálogo de objetos /tecnologías ciudadanas de Loisada. Dibujo de cumuloLimbo studio.

Wendy Brawer, vecina fundadora de la organización GreenMap(12) y socia del jardín comunitario Siempre Verde Garden, explica cómo los jardines complementan una vida confinada y privada del espacio de la calle y los parques. Como extensión de su cocina, acude al jardín a por alimentos, como extensión de su salón, se sienta en sus bancos a disfrutar de árboles y flores(13).

Aunque durante la pandemia, los jardines se mantuvieron cerrados al público general, sus miembrxs pudieron seguir accediendo para tareas de mantenimiento y suministro. Las verduras de los huertos se repartían de casa en casa(14). Lxs vecinxs se organizaban por turnos para cuidar los huertos y hacer bricolaje. Restauraban mobiliario estropeado o arreglaban bicicletas(15), mientras sus hijxs podían jugar al aire libre, sin estar realmente en la calle.

La activista Irene de MORUS(16) y el artista urbano Ian Knife, decidieron durante el confinamiento proyectar películas en las medianeras de estos espacios comunitarios para que la gente disfrutara y comentara desde sus balcones, llevando a la escala doméstica la potencia de un cine de verano(17).

La pandemia ha puesto de manifiesto la resistencia e independencia de lo público normativo de estos espacios comunitarios, cuyas fricciones entre público y privado se diluyen o incrementan haciendo posibles nuevas e inesperadas conexiones.

Como remansos de paz y vegetación y en su condición de espacios ni privados ni públicos, siguen dando servicio a la red, no quedando yermo como el resto del espacio público. Los usuarios, aunque de forma más esporádica y en pequeños grupos, siguen usando estos pequeños espacios comunes cogestionados y en red, permitiendo a las personas usuarias no depender del espacio público normativo.

Como extensiones de la vida doméstica, su papel en la esfera de lo reproductivo en tiempos de crisis del espacio público-privado, se ve potenciado y maximizado, abordando también la esfera de lo productivo. Así, lxs vecinxs pueden seguir conectados con los jardines, bajando a caminar, a cocinar, a tender, a trabajar en el huerto, hacer bricolaje, bailar, hacer deporte, leer, escribir o trabajar en distintas actividades.

Lieven de Cauter(18) describe la ciudad “capsularizada” que funciona por la existencia de entornos aislados pero conectados entre sí, aunque desconectados del concepto tradicional de lo público proveniente de la herencia grecolatina de la “polis”. Su visión puede alinearse con el panorama actual. Paradójicamente, estas cápsulas o extensiones de los espacios domésticos en lo urbano, físicas o virtuales y mediadas por pantallas, están sirviendo en tiempos de distanciamiento para fomentar la cohesión social y mantenernos unidxs.

De modo que la crítica condescendiente de la tendencia millenial hacia un “hyper-individualismo post-capitalista” e inter-conectado en esa red “capsularizada” aparece como una respuesta urbana resiliente, cuya capacidad de funcionar como individuo pero también disponer de las herramientas tecnológicas para funcionar como red, ofrece una infraestructura anisótropa que, a diferencia de la ciudad heredada del pensamiento marxista, puede seguir proveyendo y produciendo.

En los espacios, no públicos sino comunes, de Loisaida el vacío legal respecto a su categoría y propiedad, en este caso, ayuda a que lxs vecinxs puedan seguir disfrutando del aire fresco, pues estar en un jardín comunitario no es lo mismo que estar en la calle. El carácter de los jardines comunitarios es ambivalente. Sus pequeños espacios vallados manifiestan una cierta identidad pública al estar conectados a la ciudad hegemónica a la par que constituyen en sí una extensión de lo privado y de los espacios domésticos, y encapsulados.

A pesar de que hoy ya no vemos el barrio que fue, sino una especie de ilusión gentrificada, estos espacios comunitarios de afecto y disidencia urbana siguen construyendo una infraestructura alternativa al estatus quo, centrada en el mantenimiento y reproducción de la vida cotidiana y de los cuidados, demostrando una sorprendente resiliencia ante aquello a lo que la ciudad ortodoxa y el espacio público hegemónico han demostrado ser incapaces de responder.

 

1 Loisaida es el término espanglish derivado de la fonética de Low East Side. El nombre oficial del barrio es Alphabet city, por sus avenidas A, B, C, D. Sus límites son al norte la 14th St., al sur la East Houston St., al oeste Bowery St. y al este el East River.

2 Palabras de Chino García, líder del colectivo vecinal Charas, que promovía la autosuficiencia y el empoderamiento a través de la creatividad y el trabajo comunitario en los espacios del barrio. Ver documental Viva Loisaida de 1978, de Marlis Momber https://www.youtube.com/watch?v=SHCLQzHH344&list=PLfPTwzi41l_JUg4Kyxh9tBELxxXRQfSrM&index=3&t=1826s

3 Lxs vecinxs, en especial Chino García, Bimbo Rivas y otros líderes de Charas, compraban colectivamente edificios abandonados por los propietarios, quienes preferían quemarlos para cobrar los seguros o construir otros inmuebles. Ver documental Viva Loisaida.

4 Hoy en día, aún existen 35 jardines comunitarios concentrados en Loisaida. Estos doblaban en número durante los 80 y 90. El urban renewal (renovación urbana) entre 1940 y 1970 y posteriormente la administración de Giuliani, acabó con más de 40 jardines y muchos edificios ocupados que no resistieron la presión inmobiliaria.

5 La casita es una construcción a dos aguas con porche que replica la construcción tradicional portorriqueña. De las 18 casitas existentes en 1995, se conservan hoy dos en Loisaida. Ver planos. https://www.nytimes.com/1990/09/20/nyregion/las-casitas-oases-or-illegal-shacks.html

6 La casita funciona como club social entre hombres y se sitúa en la parte trasera de los jardines, aquellos con cocina y zona de juego eran llevados sobre todo por mujeres. GONZALEZ, David. “Las casitas”: Oases or illegal shacks? En: The New York Times [en línea]. 20 de noviembre 1990.

7 Se construyó un polémico molino de viento en la azotea del nº 519 de la 11th East St. Lxs vecinxs fueron a juicios con la principal productora de energía eléctrica de Nueva York que veía en su autoproducción energética una amena. https://www.6sqft.com/this-1970s-east-village-windmill-was-decades-ahead-of-its-time/

8 Como la de la fachada del edifico del colectivo C.U.A.N.D.O.

9 Se construyeron bajo la orientación de Buckminster Fuller y fueron de las primeras en realizarse en entorno urbano consolidado. Ver: MOTTEL, Syeus. Charas, the improbable dome builders. New York: Drake Publishers, 1973. Entrevista a Bill el día 10 de marzo de 2020. Los domos se estaban construyendo mucho entonces, pero en lugares no urbanos, como la Drop City de Colorado. Ver: SADLER, Simon. Drop City Revisited. En: Journal of Architectural Education. Routledge, febrero 2006, vol. 59, nº 3, pp. 5–14.

10 MATESANZ VENTURA, Natalia. Affect and Dissidence. The Re-Configuration of Public Space through Loisaida’s Community Gardens, New York. CONSTELACIONES, 2018, no 6, p. 191-205.

11 En general con regímenes de propiedad alternativos al dicotómico público-privado. En 1995, 35 de los 75 jardines existentes en Loisaida estaban cedidos en alquiler por el ayuntamiento, pero unos 40 estaban ocupados ilegalmente, fuesen los solares públicos o de propiedad privada.

12 https://www.greenmap.org/

13 Entrevista a Wendy Brawer realizada por correo electrónico en marzo de 2020

14 https://www.nytimes.com/2020/04/10/dining/community-garden-coronavirus.html

15 Los miembros del colectivo Time´s up!, siguieron arreglando bicicletas en La Plaza Cultural durante el confinamiento.

16 En el edificio ocupado C-Squat, en el 155 de la Loisaida Ave, Bill DiPaola, Laurie Mittelmann y activistas del barrio crearon Morus (Museum Of Reclaimed Urban Space) que protege el legado activista del barrio y fomenta actividades. https://www.morusnyc.org/

17 Con la ayuda de los grupos locales The Illuminator y Rooftop Films proyectaron en las paredes del jardín Le Petit Versailles.

18 DE CAUTER, Lieven. The capsular civilization. On the city in the age of fear. NAi-publishers; Rotterdam, 2004. DE CAUTER, Lieven. The capsular city. En The Hieroglyphics of Space. Routledge, 2005. p. 285-294.

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Natalia Matesanz Ventura

Natalia Matesanz Ventura, arquitecta en cumuloLimbo studio e investigadora postgraduada por la ETSAM. Colabora en el itdUPM con el IMNA de Matadero Madrid. Imparte clases en universidades nacionales e internacionales, como las de Madrid, Nueva York o Berkeley. Su trabajo ha sido premiado por la Bienal de Venecia, la Graham Foundation for Advanced Studies in the Fine Arts, el Gobierno de España o la Fundación Arquia y la Real Academia de San Fernando.